martes, 24 de diciembre de 2013

Vértigo

¿Conocéis ese pequeño vértigo anterior a saltar de un precipicio mientras sueñas? Sabemos que es un sueño, así que nunca  dejamos que nos asalte el miedo, e incluso lo disfrutamos. Aquel día era distinto. Aquel día me encontré soñando despierto.
Allí estaba yo, y allí estaba ella. Vestía aquel vestido azul que le regalé. Resaltaba sus ojos y daba calidez a su mirada. Aquella mirada que ya sentía vacía, como el final del abismo por el que me sentía caer, y traslúcida,  como el cristal que nos separaba.
        Ella siempre fue mi precipicio, pero me dio alas. La recorrí incontables veces sin miedo a caer porque nunca me dejaba despertar del sueño. Como una canción de jazz que nunca acaba, o a la que nunca terminas de conocer sus  innumerables matices. Era mi banda sonora, y aun doliéndome decirlo, también quién la reproducía.
Afuera llovía con fuerza, pero a mí no me importaba. Quería seguir siendo ese hombre parado delante del escaparate de una cafetería de barrio. Necesitaba ser ese hombre, necesitaba que ella sintiese que seguía siéndolo. Porque así empezó todo...
Pero desperté.
Seguía lloviendo. Seguía frente a un escaparate de una cafetería de barrio, pero no todo permaneció como hasta entonces. Algo había cambiado. De repente, como en el mejor de los relojes suizos pasaría, la maquinaria que controlaba mis corazonadas se activó. Ya no sentía vértigo.
        Entendí que sus ojos brillaron mientras el sueño duró. Que las alas que me otorgó sólo eran un préstamo. Que ahora  debía abrir los ojos y no aventurarme sin miedo al precipicio. Que necesitaba unas alas nuevas, más fuertes, más grandes. Incluso aprendí que yo sólo podría construir unas, que no necesitaba que alguien me hiciera volar. Necesitaba que volasen conmigo.
Pero sobretodo entendí que debía equivocarme. Y soñar no es una equivocación, no. Pero el que sueña cada vez más bonito, se equivoca cada vez mejor.

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